sábado, 1 de abril de 2017

Condiciones socioeconómicas en la prevalencia del abuso infantil



Antonio Bello Quiroz
Freud señalaba que la única actividad a la que se tendría que dedicar el niño es al juego. Sin embargo, la historia de la infancia nos muestra que este anhelo ha estado siempre alejado de la realidad de la infancia. Aún en nuestros tiempos, donde los derechos de la infancia se encuentran reconocidos por prácticamente todo el mundo, los problemas por los que atraviesan los infantes se han agravado.

El agravamiento de las condiciones de abuso en la infancia es mayor en los países en donde se ha dado la introducción de sociopolíticas impuestas por los organismos financieros internacionales. Un rasgo que caracteriza en los hechos a los países donde se impone el modelo, ha sido el acentuar las desigualdades económicas y sociales. El Estado, al implementar o seguir estos mandatos de dichos organismos financieros se convierte en automático en productor de condiciones de abuso social, y en particular con la infancia.

En las últimas gestiones federales y estatales, marcadas por una concepción neoliberal, la reducción y reorientación del gasto público, particularmente en materia de bienestar social, tiene nefastas repercusiones, como rezagos en educación, vivienda y salud; la infancia, en su indefensión es la más afectada.

En la actualidad las insuficiencias provocadas por el mercado ocasionan que la política social se preste solamente como asistencia pública o de beneficencia, con el agravamiento de lo que aquí nos interesa, que es la problemática infantil.

En este marco político-social, verificable con un innumerable conjunto de datos, los problemas severos que aquejan a la infancia y sus causas profundas son generadas, además, por el comportamiento de los adultos para con los menores, producto de la adopción de patrones culturales dominantes en los que inciden todo tipo de tensiones causadas también por las exigencias económicas de un capitalismo salvaje que anula los espacios de convivencia y afectividad entre adultos y niños.

Por otra parte, la situación crítica en que se encuentra la infancia a nivel mundial resulta sumamente compleja y de una magnitud considerable debido a la diversidad de causas y efectos, así como a su alta incidencia, lo que provoca no sólo un conflicto social sino también una creciente des-implicación subjetiva, marcada por un sometimiento pacífico y silencioso, en una acrítica obediencia y subordinación enajenada.

En este proceso intervenimos —además del Estado— de alguna manera todos los adultos de modo deliberado o negligente. La problemática de la infancia es ignorada o soslayada por la sociedad en general.

Así, resulta evidente que estos modelos económicos, que inciden en las formas de la convivencia cotidiana, han sido impuestos por los grandes grupos de poder que no contemplan de manera primordial el bienestar social, lo que provoca directa o indirectamente segregación, pobreza, pesadumbre y caos, siendo por mucho la infancia la más perjudicada, por ser ésta una etapa de dependencia respecto a los adultos.

Esta problemática se circunscribe básicamente a la marginación del menor y las consecuencias que en multinivel presenta, entendiendo por marginación todo tipo de maltrato, abuso, menosprecio, rechazo, negligencia, indiferencia, postergación y daño.

La marginación como signo de abuso se presenta de diferentes maneras, cada una con características propias y reacciones singulares en la historia del menor; sin embargo, todas ellas lo llevan a condiciones de sufrimiento. Estas manifestaciones se llevan a cabo con diversos grados de intensidad, y se encuentran presentes en todas las clases sociales, manifestándose principalmente como: maltrato físico, maltrato psicológico, abuso sexual, abuso de la fuerza de trabajo infantil y anulación de sus derechos.

Visto en forma simple, el maltrato puede considerarse como un fenómeno en el que solamente se encuentran involucrados el agresor y el agredido; lo cierto es que se trata de un complejo entretejido de afectos en el que influyen de manera importante factores socioeconómicos y políticos, por lo que la violencia no puede considerarse como un hecho aislado.

Al respecto, se plantea que en el maltrato infantil se debe considerar al menor agredido, al adulto agresor y al entorno familiar, socioeconómico y cultural en donde ocurre tal interacción.

Dos tipos de abuso pueden tomarse como paradigma la intersección de violencia con la intervención del Estado: el abuso sexual y el laboral.

El abuso sexual al menor se presenta, más allá de la extensa lista de circunstancias, fundamentalmente ahí donde culturalmente se expresa un dominio exacerbado, un poder omnipotente —agravado por la impunidad— que tiende a ver a los niños como objetos de satisfacción o goce, quedando más expuestos al abuso sexual.

Por su parte, respecto al abuso laboral a que son sometidos en el mundo, existen más de cincuenta millones de menores que realizan alguna forma de trabajo, violándose las leyes laborales que lo prohíben y/o en su caso, sin que se otorguen las menores prestaciones y los derechos laborales correspondientes.

La necesidad de trabajar en los niños y niñas para apoyar la economía familiar o para sobrevivir es un fenómeno muy común en América Latina y en los países del tercer mundo. La infancia abandonada es el signo de nuestro tiempo.

El trabajo de los niños se lleva a cabo de manera predominante en las grandes ciudades. Debe resaltarse que el menor que se ve en la necesidad de trabajar, sacrifica horas de juego que, como ya nos indica Freud, constituye un elemento fundamental en su formación física, intelectual, creativa y afectiva, así como en su adaptación social. Evidentemente, el menor que trabaja sacrifica descanso, ejercicios físicos y la oportunidad de soñar y soñarse en condiciones diferentes.

Al ser desposeídos de sus derechos (de los cuales el Estado tendría que ser garante), los niños abusados laboralmente quedan expuestos al maltrato, la extorsión y la violación —inclusive por parte de las autoridades—, siendo lo más grave que todo esto ocurra ante la indiferencia ciudadana.

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